La obra plástica de Arturo Santana, venezolano radicado en Costa Rica, pintor y escultor, se caracteriza por una estilización casi geométrica de los objetos y formas que se ensamblan y amalgaman en perfecto equilibrio, no obstante la contraposición de colores cálidos y fríos: especie de vitral onírico, que permite visualizar el mundo interior del artista.

Sus paisajes parecen suspendidos en su sueño, sin tiempo, brisa ni prisa. Se remontan a remotos orígenes en donde cada forma lucha por imponerse bajo la luz de una luna creciente, que les envuelve en un manto misterioso y mágico.

Sintetiza las formas de los objetos que se arman y sostienen como rompecabezas. Son formas que conviven en un tiempo sin tiempo, que se respetan e individualizan y, no obstante se cercanía, mantienen su "yoismo", en una relación coyuntural en donde la convivencia sustituye verdaderos afectos formales y la razón pareciera dominar sobre el sentimiento.

Los árboles, cuyos troncos a veces parecieran calados en metal, se levantan como fantasmas que se despiertan de un largo sueño, gesticulando en un soliloquio existencial muy propio. Las aguas parecen congeladas y el paisaje parece prisionero de su realidad irreal que acusan la visión de una pupila asombrada, que mira desde un rincón del alma un mundo onírico, fabulesco, en donde los azules renacentistas ofreden al espectador una visión que arropa secretos ancestrales donde raramente aparece la figura humana. Su obra peludia un edén por florecer.


Domingo Ramos
Escultor